El reloj cuelga en la pared
como un corazón de metal,
abre y cierra su boca de acero,
tragando los segundos,
uno a uno, como blancas pastillas que no curan nada.
Aquí la luz no se apaga, se pudre.
Se retira como una marea sucia
dejando varados
los huesos del día.
Yo soy la casa
donde la lámpara ha muerto;
una bombilla negra
en un techo de piel.
Mi cuerpo es la habitación
de los espejos ciegos.
Ellos caminan por la calle
con sus trajes de cristal,
pulidos, estériles, perfectos
como manzanas de cera.
No miran el cielo,
no miran el barro,
solo se miran el ombligo,
ese pozo seco
donde se ahogan
sus propios reflejos.
Se lamen la piel,
se abrillantan la sombra,
mientras yo me desinflo,
como un globo sin aire,
en la esquina de su fiesta sorda.
Mi alma es un pájaro rojo
que moja sus plumas en tinta.
La prisa es una aguja
que cose mis párpados.
Corro en la ceniza gris del asfalto,
pero mis pies no tocan la tierra,
solo el vacío que ellos llaman éxito.
Hay un silencio que grita
dentro de mi garganta.
Es el silencio de la luna
cuando la nublan
y de la sangre
cuando se vuelve jarabe.
Ellos se miran,
se admiran,
se multiplican en mil espejos
que no devuelven imagen.
Yo me quedo aquí,
sentado en mi propia ceniza.
La luz se ha ido.
No fue un eclipse,
fue un asesinato lento.
Y el asesino lleva mi misma cara,
pero con los ojos cosidos
al propio vientre,
ciego de tanto brillo,
muerto de tanto verse.