Me declaro culpable de haber sido aquel hombre.
Yo conocía la verdad.
La llevaba conmigo como se lleva una herida debajo de la ropa,
como se lleva la noche cuando todavía es de día, como se lleva la muerte sentada en silencio al borde de la cama.
Era una verdad hecha de muerte,
de contradicciones, de habitaciones cerradas donde aún hoy, si me acerco, siento que algo respira detrás de la puerta.
Pero ¿quién puede vivir dentro de una verdad así?
Entonces fabriqué otra. La hice con paredes blancas y ventanas con cortinas que se movían suavemente cuando entraba el aire, con mañanas que comenzaban a las ocho y terminaban a las cinco, con el café, los saludos, el trabajo, con esas conversaciones pequeñas que pasan entre los hombres como monedas, de una mano a otra, sin que nadie pregunte qué compran.
Y entré en ella. Aprendí sus habitaciones. Aprendí dónde poner los zapatos, cuándo sonreír, cómo decir buenos días, preguntar por la familia, asentir ante las cosas que no importaban.
Tenía una vida como tienen una vida los hombres que regresan a casa al anochecer,
que conocen el peso de sus llaves en el bolsillo y que duermen sin preguntarse quién los observa desde dentro.
Y esa vida era mentira.
Pero aquí está mi vergüenza: yo no mentía para esconder la verdad. Mentía para soportarla.
La mentira fue primero una máscara, después una habitación, luego una casa y finalmente fue el mundo entero.
Y yo viví allí. Viví allí tantos años que aprendí sus distancias, sus puertas, sus ventanas y el crujido de sus tablas bajo mis pies. Viví allí hasta olvidar que yo mismo había levantado las paredes.
Quizá por eso me avergüenzo. Porque no fui solamente un hombre que ocultó la verdad. Fui el hombre que tomó la verdad entre sus manos y la dobló, la torció y la hizo soportable.
La deformé hasta poder mirarla.
Y después de tantos años de mirarla así, la deformación se volvió tan perfecta que la verdad primera, la desnuda, la terrible, la que esperaba intacta en la oscuridad, comenzó a parecerme un delirio.
Entonces comprendí algo: también uno puede mentirse para seguir viviendo. También uno puede construir una casa con la mentira y llamarla hogar. También uno puede levantarse cada mañana, afeitarse, vestirse, salir a la calle, estrechar manos, amar, trabajar, regresar, dormir, y ser un extraño para el hombre que permanece despierto cuando todo lo demás se ha apagado.
Esta es mi confesión: viví una vida falsa para que la verdadera pudiera pasar por mentira.
Y funcionó con el mundo. Funcionó con el tiempo. Y, finalmente, funcionó conmigo.
Hasta que ya no supe cuál de los dos hombres era el que estaba confesando.