Hay una procesión
debajo de mi ventana.
No llevan velas.
Las llevan dentro,
detrás de los dientes,
pequeñas llamas 
que no saben morir.
Caminan.
Eso es todo.
Nadie recuerda
quién pronunció la orden.
Uno de ellos tiene mi rostro.
Lo reconozco por la tristeza.
No lo miro demasiado.
Los espejos son peligrosos
después de medianoche.
Otro lleva una jaula vacía.
Dentro duerme un pájaro 
que nunca nació.
Qué tristeza la libertad.
Las mujeres pasan
vestidas de niebla.
Los hombres llevan sus manos
como dos pájaros muertos.
Nadie habla y, sin embargo,
la calle está llena de voces.
Repiten:
Mañana.
Mañana.
Mañana.
La palabra cae sobre las piedras.
Nadie la recoge.
Quise detenerlos pero, mi voz,
ya caminaba con ellos.
Qué cruel descubrirse tarde.
No estaban 
debajo de mi ventana.
Estaban dentro de mí.
Desde mucho antes de que yo tuviera una puerta.
Cada uno lleva algo perdido.
Uno lleva una infancia.
Otro, un nombre.
Otro lleva el cuerpo 
de una mujer amada
que ya no lo recuerda.
Otro lleva solamente 
sus dos manos
y no sabe dónde dejarlas.
Todos fingen buscar
una razón para despertar.
El último se detiene.
Tiene mis ojos y me pregunta:
¿Vienes?
La noche espera 
pero yo no respondo.
Entonces la procesión continúa
hasta que la calle queda vacía.
Solo algo permanece caminando.
Algo pequeño 
que se parece a mí.
Algo que todavía no sabe
que regresar también puede ser
una forma de perderse.