—en la superficie frágil
que albergan los sueños,
donde la verdad no se dice,
se delata—
y me ha susurrado,
no con voz,
con el peso de una ausencia
que aún late:
¿Hasta cuándo fingirás que respiras?
Tu risa es ceniza
de tiempos quemados;
tus sueños ya no duermen,
son tumbas anónimas
de una dictadura olvidada;
y el alma ya no habita en ti,
se ha convertido en nómada
buscando un oasis
en un desierto infinito
de cuya existencia
duda incluso el viento.
Las noches, sí…
las noches ofrecen
un bálsamo de oscuridad.
No es una huida,
es rendición consentida.
Allí, donde la luz se desarma,
los susurros no prometen olvido,
ofrecen paz.
Un silencio que acaricia
sin exigir presencia;
una sombra que besa
sin pedir respuesta.
Y en esa caricia sin nombre
se vislumbra
lo que el día prohíbe nombrar.
La paz
no como ausencia de guerra,
sino como ausencia
de necesidad.
No es miedo lo que late al final.
Es anhelo
—ardiente, antiguo, sagrado—
por cruzar el umbral
que ya cruje
bajo el peso de los años.
Allí, donde el tiempo
no avanza ni retrocede
...se deshace como sal en agua.
Allí, donde nadie pregunta:
¿por qué?
ya que la pregunta
se ha vuelto polvo.
Donde el dolor no se calma;
se des-aprende
y pierde su gramática.
Deja de ser verbo, sustantivo, grito...
y se convierte en recuerdo
de un idioma que ya nadie habla.
¡Oh, dulce no Ser!
¡Tú eres mi hogar!
Y aunque el mundo insista
¡Resiste! ¡Aguanta!
yo sigo oyendo,
más hondo que la sangre,
más claro que el pulso;
ese canto silencioso
que consuela.
Muerte, no como espada,
ni como sombra amenazante,
sino como quien llega
—por fin—
a cumplir su promesa.
Con el laurel negro de lo inevitable.
No con la voz de la conquista,
sino con la del ser —al fin—
desnudo, íntegro
y plenamente libre.
Hoy he pensado en la muerte
… y he sonreído.
Ya no me pide permiso
para sentarse a mi mesa.
Ahora compartimos
el pan del silencio,
y en su mirada
vi mi nombre
escrito sin miedo.