Creo que esta pregunta ya ha quedado respondida, al menos en parte, en el apartado anterior, dedicado al escritor. Aunque, conociéndome, sería una lástima desaprovechar la oportunidad de seguir dándole vueltas a algo que probablemente tampoco consiga resolver. Así que, si me lo permitís, voy a detenerme un poco más en ello. Total, puestos a intentar entender qué demonios es la poesía, siempre será más elegante hacerlo con palabras que con una camisa de fuerza.
Para intentar responder, primero tendríamos que ponernos de acuerdo en algo tan sencillo —y tan complicado— como definir qué es la poesía. Y ahí empiezan los problemas. Porque, en cuanto intentamos encerrarla en una definición, parece que se nos escapa entre los dedos, como si las palabras, precisamente ellas, fueran insuficientes para explicar aquello de lo que están hechas. Quizá por eso Lorca hablaba del misterio que habita en las cosas, mientras que Bécquer encontró en una mirada la respuesta a una pregunta que todavía seguimos haciéndonos. Dos formas distintas de acercarse a una misma verdad: la poesía no siempre está en los versos ni siquiera necesita de las palabras para existir.
Puede estar en un paisaje, en una canción, en el vuelo torpe de un pájaro o en ese silencio que queda después de una despedida. Está en las pequeñas cosas que casi nunca miramos dos veces y en las grandes emociones que no sabemos cómo explicar. Por eso, cada vez estoy más convencido de que definir la poesía es una tarea casi imposible. Tal vez sea más sencillo sentirla, reconocerla cuando aparece y dejar que haga su trabajo. Porque una cosa es saber escribir versos y otra muy distinta conseguir que alguien, al leerlos, sienta que esas palabras también hablan de él. Y quizá sea ahí donde empieza la verdadera poesía: en ese instante en que deja de pertenecer a quien la escribe y comienza a vivir en quien la siente.
Si nos remontamos al origen de la palabra, descubrimos que la palabra poesía proviene del griego poíesis, un término que alude al acto de hacer, producir o crear. Y quizá sea precisamente ahí donde comience todo. Crear. Componer. Provocar.
Para mí, descrita burdamente,la poesía es eso: la capacidad de crear realidades a partir de una mirada. No necesariamente inventar mundos que no existen, sino mirar de otra manera los que ya tenemos delante. Tomar un pedazo de vida, pasarlo por el filtro de nuestras emociones y devolverlo convertido en algo distinto. Después, el lector hace lo propio: recoge mis palabras, las mezcla con sus recuerdos, sus heridas, sus deseos y sus propias contradicciones, y construye con ellas una realidad que ya no me pertenece.
Así, un mismo poema puede ser refugio para unos, herida abierta para otros o, sencillamente, un puñado de palabras para quien no encuentre en ellas nada que le conmueva.
Y ahí reside, precisamente, su magia: yo escribo desde mi realidad, pero no puedo decidir qué realidad nacerá en quien me lea.
La poesía empieza siendo un acto de creación y termina convirtiéndose en una experiencia compartida. Y si, además, consigue remover algo por dentro, despertar una emoción o provocar una reacción visceral, entonces las palabras habrán dejado de ser palabras para convertirse en acción.
Ahora bien, si hay algo que la poesía ha hecho por mí, ha sido mantenerme a flote en más de una ocasión. Y no exagero demasiado si digo que ha sido mi mejor tratamiento antipsicótico, aunque no encontraréis la receta en ninguna farmacia. Que nadie se alarme: hablo desde la ironía y desde esa manera tan mía de entender la escritura como una forma de poner orden —o al menos intentarlo— en el desorden que todos llevamos dentro.
La poesía me ha permitido explorar la naturaleza de mi propia realidad, cuestionarla, deformarla y, cuando ha sido necesario, reinventarla. Me ha dado permiso para jugar con la vida sin tener que tomármela siempre tan en serio; para convertir una tristeza en un poema, una frustración en una metáfora y una herida en algo que, sin dejar de doler, al menos pudiera contemplar sin apartar la mirada.
Supongo que escribir también consiste en eso: en sentarse frente a uno mismo y mantener una conversación que no siempre resulta cómoda. A veces, uno empieza un poema creyendo que tiene algo que contar y termina descubriendo algo que llevaba años sin atreverse a reconocer. Las palabras no siempre resuelven los conflictos, pero ayudan a darles forma, a mirarlos desde otro ángulo y a descubrir que, incluso dentro de nosotros, hay más de una manera de interpretar lo que nos sucede.
Por eso suelo pensar que, sin la poesía, hoy sería una persona perfectamente cuerda, socialmente adaptada y probablemente bastante más triste. Una de esas personas que cumplen con lo establecido, responden cuando se les pregunta y guardan sus rarezas en el cajón de las cosas que no conviene enseñar demasiado. La poesía, en cambio, me ha permitido conservar cierta dosis de locura sin perder del todo el sentido de la realidad. Me ha enseñado a convivir con mis contradicciones, a no avergonzarme de mi sensibilidad y a aceptar que no todo lo que se sale de la norma necesita ser corregido.
Quizá ese sea el equilibrio que he encontrado entre mi mundo interior y el mundo de los demás: poder asomarme al abismo sin necesidad de caer en él, permitirme ser un poco extraño sin dejar de pertenecer a este mundo y transformar en palabras aquello que, de otra manera, tal vez se habría quedado dando vueltas en mi cabeza.
Al fin y al cabo, no sé si la poesía me ha hecho más cuerdo, más sensato o mejor persona. Tampoco estoy seguro de que esa sea su función. Lo que sí sé es que me ha dado una forma de estar en el mundo sin tener que renunciar a la persona que soy.
Y, visto lo visto, no me parece poca cosa.