Como escritor, me siento como un pez en el agua, aunque a veces tenga la sensación de nadar contracorriente. Me gusta ser poeta porque, en un mundo que circula a 120 km/h y parece empeñado en llegar a ninguna parte, la poesía me obliga a detenerme.
Es mi particular pausa obligatoria, ese café que se enfría mientras me pierdo en mis pensamientos y que, aun así, termino saboreando sin ninguna prisa. Es la capacidad de encontrar algo extraordinario en lo cotidiano, de escuchar un susurro donde otros solo oyen silencio y de conseguir que un simple adiós, cuando pasa por el corazón y aterriza en el papel, termine sonando como un himno.
Escribir versos no consiste únicamente en contar lo que siento; muchas veces escribo, precisamente, para descubrirlo. Hay emociones que llegan sin nombre, sentimientos que se instalan sin pedir permiso y heridas que ni uno mismo sabe muy bien cómo explicar. Entonces aparecen las palabras, no siempre para poner orden, sino para hacer un poco más habitable el desorden.
Supongo que escribir es mi particular terapia, aunque no conviene fiarse demasiado de sus resultados: la poesía no cura todos los males, no recompone los pedazos ni devuelve aquello que la vida se empeña en llevarse. Pero tiene una extraña manera de acompañarnos. Nombra el dolor, lo sienta a nuestro lado y, sin hacer demasiadas preguntas, le ofrece un lugar donde descansar. A veces incluso consigue vestirlo de luz, no para ocultar la oscuridad, sino para recordarnos que también dentro de ella somos capaces de encontrar belleza.
Por eso no escribo para escapar del dolor, sino para aprender a caminar con él. Para entender que hay tristezas que no necesitan una solución inmediata, sino tiempo, palabras y un poco de ternura. Escribo para reconciliarme con lo que fui, aceptar lo que soy y tratar de comprender lo que todavía no sé de mí mismo.
Y quizá ahí resida el verdadero misterio de este oficio. Uno comienza creyendo que escribe para contar su propia historia y termina descubriendo que, entre sus versos, también habitan las historias de los demás.
Al final, puede que ser poeta consista en detener el mundo un instante, ponerle palabras a lo que nos duele y descubrir que, incluso en nuestras heridas, sigue habiendo vida.