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Poemas extraídos del libro:

Cuando las heridas del mar cicatricen

Cuando las heridas del mar cicatricen

Permíteme que desista de esta condición impuesta.

Perdóname si reniego del don que la naturaleza me otorgó.

Acepta mi renuncia a seguir siendo humano.

Porque no creo ser capaz de mezclarme en este soluto mundo.

No tengo cabida en la intolerancia y el autoritarismo.

La avaricia y la codicia nos distinguen de los animales.

Y qué decir de la envidia

que cabalga entre la agresividad, la venganza y el rencor.

Desencadena la crueldad y da rienda suelta a tu fanatismo.

Porque no existen otros puntos de vista que los tuyos,

humano egoísta, ególatra, orgulloso y arrogante.

Juzga, señala y castiga por igual a razas y sexos.

Porque los prejuicios te pueden e inventas mentiras que ahoguen tu pesimismo

para sacar a flote tu apática intransigencia por los demás…

Yo estaba entre los demás.

Y no quiero vivir en este mundo de humanos.

Dejaré caer mi cuerpo desde lo alto del acantilado.

Y lo hundiré, inerte y sin vida en el mar.

No volveré a ser humano nunca más.

Pues, no hallarás mi cuerpo con alma.

Mi alma, se fundirá con las olas y con los riscos.

Mi cuerpo, alimento para cangrejos y tortugas.

No volveré jamás a la superficie.

A no ser que el mar, en el que me halle disuelto,

se seque por completo y sea capaz de cicatrizar sus heridas.

Cerrar las brechas por las almas segadas

y escupir la ignominia en que está sumido.

Será entonces, cuando el mar no me quiera

por todo aquello que represento,

y me devuelva a la tierra,

cuando tenga que volver a sentirme humano.

Cuando ni el mar me quiera

                            . . . o cuando el mar cicatrice sus heridas.

Lo que no follé

Lo que no follé

 -Tomaré una última copa. Un Jack Daniel’s por favor- Dije educadamente.

-Son seis con cincuenta- Me dijo la estúpida camarera de las tetas enormes.

-Eso está bien, no ha subido el precio desde la última que tomé hace veinte minutos-

Rebusqué en mis bolsillos y pagué la jodida copa.

No hubo ni un céntimo de propina.

La verdad que estaba buena la puta.

Pero un cuerpo sin una mente no es lo que busco para echar un polvo.

Llega uno a una edad en la que desconfía de las erecciones

y, desgraciadamente, se siente más confiado en usar la lengua,

para hablar, que en la propia polla.

Hay, obviamente, otras virtudes que me apetece buscar en una mujer.

Porque las leyes de la naturaleza me obligan a ser perverso.

Debe ser, al menos, la mitad de guarra en la cama de lo que soy yo.

Porque a pesar de no confiar en mí mismo y en mi libido,

me queda claro que un juego de palabras sensualmente recitadas al oído,

unos roces de piel y el goce que otorgan los dedos,

puede hacer que una mujer con complejo de poetisa,

sentido del romanticismo y alma de fulana,

sea la mejor elección para echar un buen polvo.

Si eres un tipo como yo.

Que vengo de vuelta de todo.

Que las musas y las hadas me abandonaron, por miedo a ser violadas.

Que las mujeres decentes me negaron,

por ir siempre acompañado de consortes con tacones de aguja.

Que las chicas jóvenes me parecían ñoñas cuando yo era mozo.

Que las damas maduras, aunque con desgana,

se resistieron a mis encantos.

Que ni gordas, por creerse usadas,

ni flacas, por sentirse acomplejadas.

Ni las guapas, por sentirse deseadas,

ni feas, por sentir desprecio del que se arrima a ellas con ganas de sexo.

Pase así, mi edad de madurez sexual,

eligiendo y siendo rechazado.

Intentando arrimar mi sexo al sexo equivocado.

No ponía condiciones, ni hacía asco a nada.

Y qué poco me dejaron follar.

Y ahora, que ni follo ni lo intento,

que se me pone dura a ratos.

Ahora, que es cuando debería no poner trabas al placer,

pongo límites a mi mente.

Encadeno mis piernas para no dejarme ir.

Me las paso tomando copas apoyado en la barra del bar,

diciendo a quién no me tiraba y por qué motivo.

Soliloquios que nadie oye.

Creyéndome capaz, como siempre hice,

de seducir a cualquier hembra con solo una mirada.

Apoyado en la barra del bar,

sentí como se me ponía dura con la estúpida camarera.

                             -Pero ella no me miraba ni para ponerme otra copa-

El primer amor

El primer amor “A Charles Bukowski”

 Unas cuantas palabras bien elegidas

pueden transformar nuestros estados de ánimo.

Nos enfadan,

nos tranquilizan,

nos animan,

nos preocupan,

nos alegran,

nos deprimen,

nos frustran,

nos motivan.

Unas pocas palabras

no son capaces de alterar la realidad tal como la cocemos,

desafortunadamente.

Pero sí son capaces de extrapolar nuestra realidad emocional.

Y nada más importante para nosotros,

efímeros mortales de carne y hueso,

de roja sangre,

de latir sereno,

de profundos pozos de amargura

llenos de vagos recuerdos,

de añoranzas,

de anhelos inventados,

nada, como digo,

es comparable al recuerdo

que evocan las dulces palabras del primer amor.

Porque ellas me produjeron una especie de emoción y exaltación difícil de olvidar,

imposible de explicar.

Porque las emociones, las sinceras,

son etéreas.

No tienen formas que las definan,

ni olor que las describa,

ni sabor que las caracterice.

Las emociones que tú,

el primer amor,

despertarte en mi,

las llevo guardadas en el bolsillo de mi corazón,

ese que, como los marsupiales,

protegen lo más delicado.

Es por eso que no desvelaré

el contenido de aquellas palabras que tanto me marcaron,

las del primer amor.

                                -Es por eso que no pronunciaré tu nombre-